Cómo sería mi Boca – River perfecto

Lo que ha pasado con las sucesivas postergaciones de la final de la Copa Libertadores excede el terreno meramente futbolístico. En particular los argentinos lo hemos sentido como un capítulo más del libro de los contrastes entre lo que se supone que deberíamos haber sido – la Argentina potencia -, y lo que en verdad somos – una nación pobre. También para el resto del mundo nuestro país se ha convertido, desde hace varias décadas, en un verdadero misterio. Si las cosas hubieran salido mejor nos pareceríamos a Canadá o a Australia. Pero lamentablemente salieron bastante mal. Todo indica que los que eligieron emigrar a este país en la segunda mitad del siglo XIX y en las primeras décadas del XX – es decir nuestros ancestros-, la pifiaron. A reclamarles al cementerio.

Claro que según la ideología que se profese o las elecciones político partidarias que se tengan, las explicaciones sobre cuándo y por qué se jodió la Argentina serán sumamente variadas. Pero no es este el momento para discutir eso. Estamos ante la inminencia del que probablemente sea el superclásico más importante de la historia, y quiero contarles cómo sería mi Boca – River perfecto.

Pero para poder llegar a expresar mi propuesta, necesito hacer un viaje al pasado remoto de mi vida. Hablo de los años setenta, cuando con poco más de diez años de edad, esperaba ansioso la llegada del domingo para escuchar los partidos de Boca por la radio. En esa época prácticamente no existía, salvo eventos muy especiales, el fútbol televisado, y mucho menos la televisación en directo.

La radio AM estaba eternamente presente en las reuniones familiares de los domingos. Y si había simpatizantes de más de un cuadro de fútbol, los sonidos de relatores y comentaristas podían llegar a desquiciar a quienes permanecían ajenos o desinteresados a los pasajes de los partidos, y a los vaivenes de los resultados. Otros escuchaban los partidos en sus radios portátiles -que venían equipadas con un solo auricular-, mientras caminaban por la calle con novias o esposas que tenían prohibido pronunciar palabra – todo un signo de una época que hoy parece lejana – no fuera cosa que justo lo hicieran en el momento en que se produjera el gol y, producto de la inoportuna interferencia, no se escuchara quien había sido el autor de la conquista.

Yo amaba escuchar las transmisiones de los partidos de fútbol por radio. Un buen relator te cuenta en qué parte de la cancha está la pelota, qué jugador la tiene, qué rival lo está marcando, cuáles otros están al acecho, qué opciones de pase existen, a qué velocidad se traslada la pelota, si el jugador se frena o vuelve a acelerar, etc. Y también brinda al radioescucha información del contexto del partido: si se está nublando, que pasa con cada una de las hinchadas, si está por producirse algún cambio, cuánto tiempo adicionará el árbitro, qué estarán pensando cada uno de los técnicos, si el win derecho está pisando mal, o si los alcanza pelotas están haciendo tiempo. Claro que todas estas cosas también se mencionan en los relatos televisivos. Pero la vorágine de palabras y la rapidez con las que son pronunciadas para describir aquello que el ojo humano no puede ver, le da al relato radial una dimensión épica de la cual el relato televisivo para mi carece. A tal punto que el relator de radio muchas veces nos crea la ilusión de estar “viendo” un partidazo, cuando en verdad la descripción intenta disimular los tan a menudo bodrios futbolísticos. Solo ellos pueden hacer que nos tensemos y emocionemos en un 0 a 0 en que no se generan siquiera situaciones de peligro.

Recuerdo la primera vez que mi papá me llevó a la cancha. Fue un Boca 4 – Gimnasia Esgrima de La Plata 0, con una nota de color muy particular: el arquero del Lobo era el loco Gatti. A pesar del triunfo por goleada de mi equipo, yo salí del estadio un poco desilusionado. ¿Era quizás más emocionante escuchar el partido por la radio que verlo en la cancha? Exagero un poco, pero algo de cierto hay.

Me animo a decir que los mejores relatores de radio le dan un valor agregado al hecho futbolístico. De la misma manera que la crítica literaria o cinematográfica lo hace con los libros y las películas. Quizás el ejemplo más palpable es el relato de Víctor Hugo Morales sobre el segundo gol de Maradona a los ingleses en el mundial del 86. Diego pinta una de las obras cumbre de la historia del fútbol arte, mientras Víctor Hugo hace de manera simultánea su propia creación artística. Maradona realiza lo que parece imposible “en una corrida memorable, en la jugada de todos los tiempos”; y Víctor Hugo le agrega con su relato la dimensión épica que la obra llevada a cabo por el “barrilete cósmico” merece.

Así como la Argentina que tenemos no es la que hubiéramos querido, con el fútbol parece que nos sucede algo parecido. Logramos que los dos equipos más poderosos del país, que conforman para muchos el clásico más importante del fútbol a nivel mundial, diriman entre sí quién será el próximo campeón de la Copa Libertadores. Pero la fiesta de entrada no puede ser completa, ya que los partidos se juegan sin visitantes. Y el encuentro de revancha ni siquiera se juega. Quince forajidos bastan para burlar un “operativo de seguridad” cuya misión más importante y casi única era blindar al micro de los jugadores de Boca. Los forajidos tienen éxito. La Argentina simbólica fracasa. Las autoridades primero cambian el horario de inicio del cotejo. Luego lo postergan para el día siguiente. Y al día siguiente lo suspenden con fecha y lugar de juego inciertos. Vergüenza. Oprobio. Perplejidad. Desconcierto. ¿Qué nos pasa – qué les pasa -a los argentinos? ¿Hasta dónde llegó la decadencia argenta que no podemos organizar un partido de fútbol entre dos equipos nacionales? Ahora tenemos que elegir (o dejar que elija la Conmebol) entre Dubai, Miami, Medellín y Madrid la sede del encuentro que no pudimos ni supimos jugar en Buenos Aires.

Ahora bien. Cómo yo no me resigno a que este título se dirima el próximo domingo en Madrid, les voy a contar cómo sería mi Boca – River perfecto. Creo que todavía estamos a tiempo, así que ni bien termine de escribir la propuesta se la enviaré a los directivos de ambos equipos, a la Conmebol y a la FIFA. Y, por las dudas que quieran mantenerla oculta para evitar la presión popular, les pido a los lectores de este blog que me ayuden a difundirla.

Propuesta:

1) El partido se disputará en Argentina. Podría ser en la cancha de River o, si no se ponen de acuerdo entre los dos equipos, en la de Vélez Sarsfield.

2) El encuentro se realizará sin público local ni visitante, de manera de evitar cualquier tipo de disturbio incluso entre hinchas de un mismo equipo.

3) El encuentro no será televisado. Dado los hechos acaecidos hace un par de semanas atrás, es muy probable que el partido sea muy trabado, sin goles e incluso con ausencia de jugadas de peligro. Al no televisarse, se le ahorrará a los cientos de millones de telespectadores el suplicio de ver un encuentro poco atractivo y no acorde con las expectativas generadas.

4) El encuentro no será disputado por los jugadores. Entiendo que esta es la parte de la propuesta que puede sonar más extraña. Pero dados los antecedentes recientes, la archirrivalidad entre ambos clubes y la presión desmesurada que tendrán los jugadores, los riesgos de lesiones graves, tumultos y desmanes dentro de la cancha, desaconsejan que los jugadores sean de la partida. Si bien ellos suelen declarar que les encanta jugar este tipo de partidos, créanme que es mentira.

5) Pero lo anterior no significa cancelar el partido. En mi Boca – River perfecto para zanjar todas las dificultades conocidas, el encuentro será disputado por jugadores de Play Station. El software deberá proyectarlos holográficamente y de manera perfecta en la cancha, de manera que sea imposible distinguir entre los jugadores reales y los humanoides. Y, obviamente, las tribunas estarán repletas de hinchas locales y visitantes. Se tirarán papelitos.

6) El encuentro será transmitido por los mejores relatores radiales del mundo, que le imprimirán al partido toda la belleza e intensidad que se merece.

7) Será el mejor y más emocionante partido de la historia del fútbol. Al cabo de los 90 minutos reglamentarios los equipos terminarán empatados en 5, con varios goles de antología por ambos lados. El alargue será dramático: a segundos del final Boca logrará un empate agónico, dejando igualado el cotejo al final del tiempo reglamentario en 7 goles por bando. En consecuencia, el título se definirá por tiros desde el punto del penal.

8) El drama llegará al paroxismo en la definición por penales. Tras más de dos horas y media de disparos alternados, los equipos quedarán empatados en 35. Los jugadores comenzarán a desfallecer – sí, los jugadores de Play Station también se cansan – y, tanto ellos como los técnicos, pedirán que se detenga el partido.

9) Se improvisará una reunión entre los directivos de ambos clubes, los árbitros y el presidente de la Conmebol, y acordarán dar por terminado con la venia de la FIFA el partido. No habrá un solo campeón. El título de la Copa Libertadores será compartido entre los equipos más poderosos y enemistados del país. Dividirán la suma de los premios destinados al campeón y al subcampeón en partes iguales.

Entonces desterraremos la violencia, jugaremos el encuentro en Argentina, será un partidazo, estará potenciado y embellecido por los mejores relatores radiales del mundo, los dos equipos ganaran, y los argentinos nos demostraremos y le demostraremos al mundo que podemos hacer las cosas de otra manera.

Pero a mi Boca – River perfecto aún le falta el capítulo más importante.

10) Para festejar la obtención del trofeo continental, Boca y River jugarán dos partidos amistosos: el primero en la cancha de los xeneixes y el segundo en la de los Millonarios. Esos partidos tendrán las siguientes características:

  • Serán disputados por los jugadores;
  • Habrá en las tribunas público local y visitante;
  • No se llevará a cabo ningún operativo de seguridad;
  • Los barrabravas se abstendrán por sí solos de concurrir a los estadios;
  • No habrá el más mínimo atisbo de violencia;
  • Los encuentros serán televisados;
  • Ganará el mejor.
  • Sea cual fuese el resultado, al terminar el segundo partido en cancha de River, los dos equipos darán, cada uno a su tiempo, la vuelta olímpica.
  • Los hinchas aplaudirán y ovacionarán a su equipo; posiblemente silben y abucheen al contrario.
  • Bonus track: el FMI se retirará definitivamente de la Argentina, al país se le condonará la totalidad de la deuda externa, creceremos durante los próximos 15 años a una tasa del 10% anual, acabaremos con la inflación, derrotaremos al narcotráfico, alcanzaremos la pobreza cero y uniremos a los argentinos. Y para no recibir ningún reclamo por parte de algún lector futbolero, ganaremos la próxima Copa América y el Campeonato Mundial Qatar 2022.

¿Lo que leíste te pareció una pavada o algo totalmente descabellado? Puede ser. No sé cómo sería tu Boca – River perfecto. Este es el mío.

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Una plaga verde (un relato brevísimo de una historia circular y repetida)

Llegó al ecosistema argentino en 1991, cuando se la implantó a imagen y semejanza de una especie de vieja estirpe y raigambre norteamericana.

Al comienzo su presencia fue apreciada, y se pensó que podrían sobrevivir a los riesgos y obstáculos que no lograron sortear sus existinguidos ancestros.

Con el tiempo esa ilusión comenzó a desvanecerse. Fueron aceleradamente perdiendo fortaleza y prestancia. Un grosero error de cálculo de algún oscuro funcionario los convirtió en la plaga más impensada. Se fueron multiplicando con prisa y sin pausa. La gente empezó a desprenderse de ellos. A huirles. Comenzaron a pasar de mano en mano, cada vez con mayor velocidad. Y ellos se partieron, se arrugaron, se ajaron.

Sin embargo la especie aun se resiste a extinguirse y, hace pocos años, mutó su apariencia. Como si de esa manera pudiese detener su declive y desaparición definitivos.

Afortunadamente San Martín nunca verá su lenta decadencia y pronta extinción. Quizás se hubiese sentido menospreciado o traicionado. Así como los gusanos se convierten en mariposas, ellos tienen, más temprano que tarde, destino de moneda. Son los billetes de cinco pesos.

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Bailando, cantando y corriendo bajo la lluvia

Cuando Gene Kelly bailó y cantó bajo la lluvia en el recordado film Singin’ in the Rain (Cantando bajo la lluvia, en su traducción al castellano), alcanzaba la escena cumbre del que es considerado como el mejor musical de la historia del cine norteamericano por el American Film Institute.

Probablemente en el momento en que la escena fue filmada no lloviera, sino que habría varios asistentes de la filmación simulando una precipitación con regaderas o algún otro artefacto similar. Pero para el caso da lo mismo. Mientras el agua caía, a Kelly no parecía importarle el percance, y bailaba, cantaba y reía como solo el podía hacerlo. Al principio de la escena lleva un paraguas, pero enseguida lo pliega y comienza a empaparse. Y no solo eso: el chasquido de sus zapatos rebotan en la calle inundada. Tampoco parece importarle demasiado el estado en el que quedarán sus zapatos.

Aquí pueden ver la famosa escena de la película.

Luego de esta introducción, vayamos al tema que nos convoca: si Gene Kelly se mojó, cantó y bailó feliz bajo la lluvia, ¿por qué no podemos hacer lo mismo los corredores cuando las condiciones climáticas no acompañan?

Lo cierto es que la lluvia suele amedrentar a la mayoría de los runners. Incluso, muchas veces, un cielo encapotado es motivo suficiente para desertar.

Es cierto que hay diferentes grados de precipitaciones, que van desde una garúa o llovizna, hasta una tormenta o diluvio.

Empecemos entonces por decir en qué ocasiones de ninguna manera hay que salir a correr. Si hay alerta de tormentas eléctricas o de granizo, hay que descartar la corrida por más deseo y necesidad que tengamos de entrenar. También en el caso de un diluvio, no es deseable que nos pongamos a esperar a subirnos al Arca de Noé.

Dicho lo anterior, ¿en el resto de los dias de lluvia podemos correr sin temor? En principio la respuesta es sí, siempre y cuando se tomen las debidas precauciones. Pero claro. Estamos suponiendo que quienes desisten de correr los días de lluvia lo hacen por motivos ligados a la seguridad. Lo cierto es que para muchos la caída de unas gotas, o la amenaza de que caerán, representa una situación poco confortable que no tienen interés de enfrentar.

Sin embargo, quienes corren de manera sistemática y frecuente, no solo deben lidiar con la lluvia. También hay otros eventos climáticos que no son para nada agradables. Casi no conozco, por ejemplo, personas que les guste correr en días muy calurosos y húmedos. No obstante, en esos días, quienes optan por quedarse en sus casas refrescándose con sus aparatos de aire acondicionado son los menos, aunque la gran mayoría no pare de quejarse del clima agobiante. Lo mismo podría decirse de los días en que las temperaturas son muy bajas: preferimos un clima más templado, pero somos muchos los que desafiamos la crudeza del invierno.

En mi caso, salvo las situaciones extremas que comenté más arriba, la lluvia no me preocupa demasiado. Al poco tiempo de comenzar a andar casi me olvido de que está lloviendo. Y si la lluvia es leve o moderada, hasta la disfruto. Claramente la prefiero al calor agobiante, donde uno en lugar de mojarse con el agua que cae del cielo, lo hace con el sudor que brota incontenible de las entrañas del cuerpo, que despide un calor infernal.

Volvamos a los riesgos. Sin duda los más temidos son la gripe y el resfrío. Claramente no es un buen negocio enfermarse por no perderse un entrenamiento. Sin embargo, no hay motivo para que ello suceda, siempre y cuando se tomen las debidas precauciones.

Nadie se enferma porque caiga agua. Mientras el cuerpo está caliente, no se corre riesgo alguno. El problema aparece cuando paramos y nos enfriamos. Si el cuerpo permanece mojado y la temperatura es baja, puede sobrevenir un estado gripal -un riesgo que dicho sea de paso también existe los días muy fríos, en los cuales también transpiramos-, de la misma manera que puede ocurrirle a cualquiera que se empapa en la calle. Por lo tanto, apenas se termina la corrida (incluso antes de elongar) hay que secarse. Si salimos y volvemos a nuestras casas, no bien abrimos la puerta nos sacamos la ropa, la tiramos al cesto y nos metemos sin escalas en la ducha caliente. Si no es este el caso, necesitamos un poco de logística: hay que llevar una toalla y una muda completa de ropa para cambiarnos, incluyendo ropa interior, zapatillas y medias. Y debemos tener detectado un lugar cercano en el cual cambiarnos.

Claro que sí el problema de la lluvia trae aparejados otros inconvenientes, como por ejemplo “me queda hecho un desastre el pelo”, mi capacidad para aconsejar al respecto es nula. Pero habrá, imagino yo, en la infinita oferta de shampoos y cremas, alguna solución. De todas maneras, si recomiendo llevar una gorra con visera: no sé si sirve para cuidar el pelo, pero es muy útil para evitar que se nos meta el agua en los ojos.

Una consideración final. Buenos Aires es una ciudad particularmente lluviosa. Hay años en los cuales puede llover casi cien días. Y lo peor es que hay rachas de una semana y hasta diez días de caída continua de agua. Ante ello todo el mundo se pone de malhumor, sufren aquellos a los que no se les seca la ropa lavada y también los runners. Dependiendo de si es el año de la Corriente del Niño o de la Niña, la situación puede ser mejor o peor. Este verano, por ejemplo, se pronostica muy lluvioso.

¿Cuantos días y entrenamientos se pueden perder a causa de las precipitaciones? Sin duda muchos. ¿Vale la pena entonces animarse como Gene Kelly a desafiar la lluvia y, en lugar de bailar y cantar, largarse a correr? Yo creo que sí.

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El indescifrable misterio de los agujeros en el culo

No se asusten. No anulen la suscripción al blog. No me denuncien por utilización de lenguaje soez e inapropiado. Y si quieren saber el porqué del título, sigan leyendo. Se encontrarán con una historia de intriga y misterio, de esas que para ser resueltas requieren de la participación de avezados detectives.

Todo empezó así. Hace alrededor de un año, al salir de la ducha, saqué del placard un jean al azar para vestirme. Pero cuando estaba por ponérmelo, advertí que en la zona alta de la entrepierna, la tela estaba rota. Era una abertura de unos cuatro o cinco centímetros, que se parecía a la de los jeans que se venden previamente desgarrados. Pero el mío no era para nada cool; la abertura no estaba a la altura de las rodillas o de los cuadriceps, sino en la parte baja de la cola. El pantalón no simulaba estar roto; estaba roto.

El vaquero en cuestión ya tenía sus años. Estaba como se suele decir bastante baqueteado y amortizado. Así que no me hice demasiado problema: lo metí en una bolsa donde guardo ropa para regalar, y saqué otro jean para reemplazar al que había sido dado de baja.

Un tiempo después la escena se repitió. Otro jean exhibía prácticamente el mismo daño que el anterior. Este último, además, no tenía siquiera dos años de antigüedad. Me estaba abandonando prematuramente, como si se hubiera contagiado del mismo mal que el pantalón anterior. La rotura consecutiva y separada por escasas semanas de ambos jeans, me preocupó. Por un lado, no me gustaba nada estar sacrificando pantalones, pero además la intriga empezaba a incomodarme.

Un mes después la historia volvió a repetirse. Similar desgarro; mismo lugar. Y ahora se trataba de un jean que tenía menos de un año y era uno de mis preferidos. A esa altura, Gladys, la señora que trabaja en mi casa, me sugirió arreglarme los pantalones con “zurcido invisible”. Me pareció una buena idea. Si bien invisibles invisibles no quedaron, tampoco estaban mal. No daban para llevarlos a fiestas, reuniones sociales o al trabajo, pero algún uso les podía dar.

No mucho tiempo después sucedió lo mismo con un cuarto y un quinto jean. Definitivamente ahora el asunto se había transformado en una pesadilla, y un acertijo al que no le encontraba ni siquiera una pista. ¿Por qué en los años de vida que llevo jamás un pantalón se me había roto en ese lugar? ¿Que pasaría dentro del placard de mi habitación cuando estaba fuera de mi casa o durmiendo? ¿Estaría invadido por algún tipo de alimaña que se alimenta de tela de jean y, más curioso aun, solo le interesa comerse la parte de la entrepierna?

Dadas las circunstancia, tuve que comprarme dos pares de jeans nuevos. Además de observar como me calzaban, si me gustaba el color o el tiro, me fijaba el grosor y la consistencia de la tela en la “zona de riesgo”. Le hice un par de preguntas al vendedor sobre la resistencia de esos pantalones que, a juzgar por su cara, consideró ridículas. Y cuando ya lo estaba aburriendo con mi inquisitoria, sugirió que tal vez me convenía comprar pantalones en una tienda de ropa de trabajo.

Ahora mi placard estaba habitado por dos pares de jeans recién estrenados, y varios ejemplares remendados que parecían salidos de un hospital de indumentaria con heridas de guerra.

Como tenía mis jeans nuevos, por un tiempo olvidé el misterio de los agujeros que obstinadamente se alojaban en la parte trasera de los vaqueros. No obstante, a las nuevas adquisiciones las sometí a un monitoreo periódico para evitarme sorpresas. Y me tranquilicé cuando luego de varios usos y lavados no aparecieron señales de alarma.

No obstante, la presencia en el placard de los jeans dañados me dificultaba sacar el tema de mi cabeza. La rotura sistemática de vaqueros de distintas marcas y características en el mismo lugar, de ninguna manera podía tratarse de una casualidad.

Y hace unos días finalmente el misterio se develó. Extraño fue que no hubiera utilizado ese recurso mucho antes. ¿Cómo viviendo en la era de internet nunca se me había ocurrido googlear “jean+roto+entrepierna”? En centésimas de segundo el algoritmo me arrojó una cantidad enorme de resultados. El primero de la lista era “Respuestas Yahoo”. Y hacia allí dirigí el click. Me encontré con un foro de ciclistas urbanos, que compartían la misma desgracia que había sufrido yo. Ellos estaban en una fase más avanzada: ya no buscaban respuesta a la causa de la rotura – que no era otra que el roce permanente del pantalón contra el asiento de la bici -, sino que intercambiaban posibles métodos para solucionar el problema.

Ahora todo encajaba y tenía sentido. Hacía tiempo que había comenzado a utilizar la bicicleta para ir a trabajar. En ese momento todas me parecieron ventajas: tardaba en llegar unos diez minutos menos, hacía un ejercicio que complementaba muy bien con el entrenamiento de running, me encantaba avanzar por la ciclovía mientras los autos iban a paso de hombre o directamente quedaban atascados en los siempre presentes embotellamientos, y el paseo matutino y vespertino sobre dos ruedas me ponía de buen humor.

Los del foro estaban que trinaban. Uno decía que utilizaba la bici para ahorrarse el costo del transporte público, y que con la cantidad de jeans que había roto hubiera podido cargar la SUBE hasta 2025. Algunos sugerían opciones estrafalarias para evitar las roturas: poner encima de los pantalones de vestir unas calzas acolchadas de bicicleta y sacarlas al llegar al trabajo; otro proponía ir con ropa deportiva y cambiarse al llegar a la oficina; otro colocar pitucones en el trasero; y un cuarto hablaba maravillas de una tela fabricada específicamente para evitar las roturas, solo que no aclaraba que ese invento no se vendía en Argentina, y que ni siquiera había posibilidad de comprarla por internet y solicitar el envío.

Mis últimos jeans gozan de buena salud, porque hace unos meses que dejé de montarme a la bici para ir al trabajo. Estaba juntando fuerza y voluntad para retomar la práctica, porque siempre romper la inercia da un poco de fiaca. El problema es que establecí una relación de mucha empatía con mis dos vaqueros nuevos. Tanta que creo que voy a terminar resolviendo este dilema volcándome al spinning.

Nota final: ayer cenando con mi hija, le mostré este texto, y pudo observar las fotos que lo acompañaban. Calificó de excesivamente sexista la primera foto, y me sugirió -o más bien me obligó – cambiarla. También, por el mismo motivo, me dijo que tenía que agregar una foto de un varón, la cual no estaba en la versión original.

Ya no sé si soy un padre abierto a las opiniones de una adolescente feminista, o simplemente temí las represalias que podía sufrir de no haber accedido a sus demandas.

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Hacer una escena

Una de mis especialidades es desdecirme, cambiar de opinión o parecer, arrepentirme. Las certezas, al fin y al cabo, son percepciones sobre la realidad que están sujetas a mutaciones y cambios, e incluso a variaciones de los estados de ánimo. Por lo tanto toda certeza tiene un carácter perecedero, una fecha indefinida de vencimiento.

En este caso, mi casi certeza sobre no publicar en el blog textos escritos por otras personas, caduco en apenas veinticuatro horas. Y no solo eso: voy a insistir con el mismo autor y el mismo libro, por dos razones. En primer lugar porque profeso hacia él una profunda admiración y, en segundo lugar, porque la acogida al texto publicado ayer me motiva a compa rtir con Uds. otro de mis fragmentos favoritos.

Los que no leyeron La espera https://wordpress.com/post/pabloperelman.wordpress.com/3883 pueden hacerlo clickeando en este link. Para los que prefieren pasar directamente al siguiente texto, voy a repetir algunos datos básicos sobre Roland Barthes, que quienes leyeron la entrada anterior pueden saltear.

Barthes fue un filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés nacido en 1915, y que falleció prematuramente a la edad de 65 años a causa de un accidente automovilístico. Si bien Barthes fue un escritor prolífico, debo confesar que apenas leí una parte de su vasta obra, mucha de la cual fue publicada con posterioridad a su muerte. Sin embargo, Fragmentos de un discurso amoroso es un libro que leí y releí varias veces; en algunos casos en forma completa, en otros de manera parcial.

En esta oportunidad el Fragmento que quiero compartir se denomina Hacer una escena. Al igual que La espera, lo he leído y releído en numerosas oportunidades. Cada vez que vuelvo a visitarlo siempre lo disfruto, encuentro nuevos significados que antes no había advertido, y aspectos que, llevados al tiempo presente, permiten extrapolaciones que van más allá del discurso amoroso; cuestiones a las que Barthes no se refiere de manera explícita, aunque pueden ser deducidas hilando fino.

¿A qué se refiere Barthes con hacer una escena? Básicamente se trata de una discusión en que participan dos contendientes unidos por una relación afectiva, cuyo deseo u objetivo es tener la última palabra.

Al igual que sucede con la espera, las escenas también son situaciones que nos acompañan en nuestra vida cotidiana, y que pueden ser desatadas por motivos trascendentes, dramáticos y decisivos, como así también por nimiedades. Quizás justamente, sean estas últimas, las que demuestran la “necesidad” de las personas, y más precisamente de aquellas unidas por un vínculo que es o fue amoroso, de recurrir a disputas que suelen ser recurrentes, y que la mayoría de las veces no tienen posibilidad alguna de ser saldadas. Son diálogos de sordos en los cuales cada uno de los contendientes está más preocupado en enunciar ideas que rebatan las pronunciadas por el otro, que en entablar un diálogo superador dirigido a zanjar las diferencias.

La escena por lo tanto nunca está exenta de cierto grado de violencia, agresión, descalificación o menoscabo hacia el contendiente. Si alguno de estos elementos no está presente, es porque la discusión se mantiene dentro de límites razonables, y la escena no llega a desatarse.

En toda escena, aun en las que las disputas son repetidas y recurrentes, los contendientes tienen la esperanza de convencer al “adversario”, de hacerlo entrar en razones. Lo cual es a todas luces una ilusión carente de sustento, porque en las escenas el objetivo es derrotar al otro, pedirle que se rinda, que acepte su error, que pida disculpas. Lo cual solamente puede ser conseguido si, en su afán de interrumpir la escena, alguno de los participantes le otorga al otro la razón de manera fingida, como quien simula el orgasmo para ponerle fin al acto sexual.

Como las sinfonías, las escenas también tienen sus movimientos. Pueden comenzar de una manera tranquila (adagio); incorporar el humor, la ironía y el sarcasmo (allegro); para terminar generalmente con una discusión violenta en donde el tono pasa de moderado a fuerte, y se termina a los gritos (crescendo). A medida que se cambia de movimiento, el diálogo va perdiendo espesura, hasta que desaparece cuando la escena alcanza su pico y escala a su máxima expresión.

Hay también escenas potenciales, que no llegan a desatarse porque alguno de los contendientes elige evitarla. Se trata a menudo de pensamientos que no son trasladados a la palabra, que son postergados o reprimidos, porque quien calla sabe que si habla inevitablemente se desatará una escena. Puede tratarse de un comentario que se presume generará celos en el otro, una opinión crítica sobre un amigo o un familiar, o el deseo de cambiar la marca de café por una más cara o una más barata. En estos casos, por lo general, solo se consigue ganar tiempo, patear la pelota hacia adelante: en algún momento se perderá la paciencia, el silencio devendrá en angustia, y sonarán los clarines indicando que es el momento de ir a la “guerra”.

Obviamente las escenas no involucran solamente a los enamorados. Están muy presentes en las familias, entre amigos, compañeros de trabajo. Pueden incluso ocurrir entre desconocidos enfrentados por un choque de autos, o entre el telefonista de un call center y el usuario de un servicio que reclama porque el técnico no concurrió en la fecha acordada al domicilio, o porque la factura llegó con un aumento que no correspondía. Y si la violencia de la escena en este caso no es recíproca, es simplemente porque el telefonista sabe que “esta llamada podría estar siendo grabada para una mejor atención”, y debe mantener la mesura a riesgo de perder el trabajo.

Finalmente, en los últimos diez años, las escenas cada vez fueron adquiriendo mayor presencia en el debate político. La tan mentada grieta, que se desató en Argentina a partir de la sanción de la famosa resolución 125, comenzó a generar una división que atraviesa a parejas, familiares y amigos. Como sucede entre los enamorados, también en este caso lo que se busca es tener la última palabra, como si ese privilegio anulara todo el debate previo. Debate que por cierto en la mayoría de las veces ni siquiera tiene lugar. Solo interesa imponer las razones al otro; ilusionarse con que el adversario tiene las creencias que tiene solo por una falta de información. Y que una vez que las explicaciones y los ejemplos esclarezcan al contendiente, este aceptará su error y enarbolará la bandera blanca de la rendición.

Y así como en las parejas la acumulación de escenas deriva muchas veces en divorcios o separaciones, las discusiones políticas entre quienes están a ambos lados de la grieta han provocado el fin de amistades de larga data, han alejado a familiares, y han distanciado encuentros que antes eran frecuentes, y que ahora son esporádicos o lisa y llanamente inexistentes.

La grieta no es un fenómeno nuevo en Argentina. Ya estaba presente en las discusiones de la Primera Junta entre Cornelio Saavedra y Mariano Moreno, en el enfrentamiento entre Unitarios y Federales, en las disputas a fines del siglo XIX y principios del XX entre los conservadores y el naciente radicalismo, y a partir de la década del cuarenta entre peronistas y antiperonistas. Lo único que no existía es el término grieta, pero las discusiones y los enfrentamientos tenían características similares a las actuales. Y como las actuales solían generar las mismas peleas irreconciliables, y los mismos enfrentamientos que alejan a los que antes eran cercanos.

Aunque es más o menos evidente, vale la pena aclarar que la grieta lejos está de ser un fenómeno que afecta solo a la Argentina. Basta observar la división que existe en Cataluña entre los independentistas y quienes prefieren seguir perteneciendo al reino de España; la virulencia que alcanzó el debate en Escocia entre quienes querían independizarse de Inglaterra y los que optaban por mantener el status quo, y las divisiones en Irlanda entre quienes apoyaban la legalización del aborto y los que se oponían a esa medida. También en nuestro continente la grieta está muy presente. En Colombia se abrió entre los que apoyaban el proceso de paz entre el estado colombiano y las FARC y aquellos que se oponían. Y, ya más recientemente, en la abrupta división que provocó en Brasil la irrupción del neofascista Jair Bolsonar.

En síntesis, en cualquier momento y en distintos planos y dimensiones, todos podemos quedar envueltos en una escena desatada por un tercero o por nosotros mismos. Lo que es seguro es que nadie las desmenuza, analiza y describe mejor que Roland Barthes.

Hacer una escena

ESCENA. La figura apunta a toda ” escena” (en el sentido restringido del término) como intercambio de cuestionamientos recíprocos.

Cuando dos sujetos disputan de acuerdo con un intercambio regulado de réplicas y con vistas a tener la “última palabra”, estos dos sujetos están ya casados: la escena es para ellos el ejercicio de un derecho, la práctica de un lenguaje del que son copropietarios; cada uno a su turno dice la escena, lo que quiere decir: jamás tú sin mí, y recíprocamente. Tal es el sentido de lo que se llama eufemísticamente el diálogo: no escucharse el uno al otro sino servirse en común de un principio igualitario de repartición de los bienes de palabra. Los participantes saben que el enfrentamiento al que se entregan y que no los separará es tan inconsecuente como un goce perverso (la escena sería una manera de darse placer sin el riesgo de engendrar niños).

Con la primera escena, el lenguaje comienza su larga carrera de cosa agitada e inútil. Es el diálogo (la justa de dos actores) lo que ha corrompido a la Tragedia incluso antes de que; llegara súbitamente Sócrates. El monólogo es así rechazado hacia los límites mismos de la humanidad: hacia la tragedia arcaica, hacia ciertas formas de esquizofrenia, hacia el soliloquio amoroso (durante tanto tiempo al menos como “sostenga” mi delirio y no ceda al deseo de atraer al otro hacia una polémica regulada de lenguaje). Es como si el proto- actor, el loco y el enamorado rehusaran erigirse en héroes de la palabra y servirse de la lengua adulta, de la lengua social inspirada por la malvada Eris: la de la neurosis universal.

Werther es puro discurso del sujeto amoroso: el monólogo (idílico, angustiado) no se rompe más que una vez, al final, poco antes del suicidio: Werther visita a Carlota, quien le pide que no la vuelva a ver antes del día de Navidad, significándole de ese modo que debe espaciar sus visitas y que su pasión no será ya en adelante aceptada: a lo que sigue una escena.

La escena parte de una diferencia: Carlota está molesta, Werther está excitado, y la molestia de Carlota excita todavía más a Werther: la escena no tiene pues sino un solo sujeto, dividido por un diferencial de energía (la escena es eléctrica). Para que ese desequilibrio sea puesto en movimiento (como un motor), para que la escena adquiera su velocidad adecuada, es preciso un señuelo, que cada uno de los dos participantes se esfuerce en atraer hacia su campo; ese señuelo es comúnmente un hecho (que uno afirma y el otro niega) o una decisión (que uno impone y que el otro rechaza: en Werther, espaciar deliberadamente las visitas). El acuerdo es lógicamente imposible en la medida en que lo que se discute no es el hecho o la decisión, es decir algo que está fuera del lenguaje, sino solamente lo que lo precede: la escena no tiene objeto o al menos lo pierde muy rápidamente: ella es ese lenguaje cuyo objeto se ha perdido. Es propio de la réplica no tener ningún fin demostrativo, persuasivo, sino solamente un origen, y que este origen no sea jamás sino inmediato: en la escena, me adhiero a lo que acaba de ser dicho. El sujeto (dividido y sin embargo común) de la escena enuncia mediante dísticos: es la esticomitis, modelo arcaico de todas las escenas del mundo (cuando estamos en estado de escena, hablamos por “rangos” de palabras). Sin embargo, sea cual fuere la regularidad de esta mecánica, es muy necesario que el diferencial de partida se repita en cada dístico: así, Carlota lleva siempre su parte hacia proposiciones generales (“Me deseas porque es imposible”) y Werther hace girar siempre la suya en torno a la contingencia, diosa de las heridas amorosas (“La decisión debe venir de Alberto”). Cada argumento (cada verso del dístico) es elegido de tal suerte que sea simétrico y, por así decir, igual a su hermano, y sin embargo aumentado por un suplemento de protesta: en suma por una sobrepuja. Esta sobrepuja no es jamás otra cosa que el grito de Narciso: ¡Y yo! ¡Y yo!

La escena es como la Frase: estructuralmente, nada obliga a detenerla; ninguna coacción interna la agota, puesto que, como en la Frase, una vez dado el núcleo (el hecho, la decisión), las expansiones son infinitamente renovables. Sólo puede interrumpir la escena alguna circunstancia exterior a su estructura: la fatiga de las dos partes (la fatiga de uno solo no bastaría), la llegada de un extraño (en Werther es Alberto), o incluso la sustitución brusca de la agresión por el deseo. A reserva de aprovechar esos accidentes, ningún compañero tiene el poder de cortar una escena. ¿De qué medios podría disponer yo? ¿El silencio? No haría más que avivar la voluntad de la escena; soy pues llevado a responder para enjugar, para suavizar. ¿El razonamiento? Nadie es de un metal tan puro que deje al otro sin voz. ¿El análisis de la propia escena? Pasar de la escena a la metaescena no es nunca sino abrir otra escena. ¿La huida? Es el signo de una defección adquirida: la pareja está ya deshecha: como el amor, la escena es siempre recíproca. La escena es pues interminable, como el lenguaje: es el lenguaje mismo, capturado en su infinito, es esa “adoración perpetua” que hace que, desde que el hombre existe, no cese de hablar.

(Lo que X… tenía de bueno era que no explotaba jamás la frase que le era dada; por una suerte de ascesis rara, no se aprovechaba del lenguaje.)

Ninguna escena tiene un sentido, ninguna progresa hacia un esclarecimiento o una transformación. La escena no es ni práctica ni dialéctica; es lujosa, ociosa: tan inconsecuente como un orgasmo perverso: no marca, no Paradoja: en Sade la violencia ya no marca; el cuerpo es instantáneamente restaurado -por nuevos desgastes: incesantemente derrengada, alterada, lacerada, Justine está siempre fresca, íntegra, descansada; así ocurre con el participante de la escena: renace de la escena pasada, como si nada hubiera ocurrido. Por la insignificancia de su ajetreo, la escena recuerda el vómito romano: me excito la campanilla (me excito con la discusión), vomito (una oleada de argumentos hirientes) y después, tranquilamente, me pongo nuevamente a comer.

Insignificante, la escena lucha sin embargo con la insignificancia. Todo participante de una escena sueña con tener la última palabra. Hablar el último, “concluir”, es dar un destino a todo lo que se ha dicho, es dominar, poseer, dispensar, asestar el sentido; en el espacio de la palabra, lo que viene último ocupa un lugar soberano, guardado, de acuerdo con un privilegio regulado, por los profesores, los presidentes, los jueces, los confesores: todo combate de lenguaje (maché de los antiguos Sofistas, disputatio de los Escolásticos) se dirige a la posesión de ese lugar; mediante la última palabra voy a desorganizar, a “liquidar” al adversario, voy a infligirle una herida (narcísica) mortal, voy a reducirlo al silencio, voy a castrarlo de toda palabra. La escena se desarrolla con vistas a ese triunfo: no se trata de ningún modo de que cada réplica concurra a la victoria de una verdad y construya poco a poco esta verdad, sino solamente que la última réplica sea la buena: es el último golpe de dados lo que cuenta. La escena no se parece en nada a un juego de ajedrez sino más bien a un juego de sortija: no obstante, el juego es aquí revertido, puesto que la victoria corresponde a aquel que logra tener el anillo en su mano en el momento mismo en que el juego se detiene; la sortija corre a todo lo largo de la escena, la victoria pertenece al que capture a ese pequeño animal, cuya posesión asegurará la omnipotencia: la última réplica. En Werther, la escena se ve coronada por un chantaje: “Déjame todavía un poco de reposo, todo se arreglará”, dice Werther a Carlota con un tono quejumbroso y amenazante: es decir: “Pronto te verás desembarazada de mí”: proposición signada de goce, puesto que es precisamente fantasmada como una última réplica. Para que el sujeto de la escena se provea de una última palabra verdaderamente perentoria se necesita nada menos que el suicidio: mediante el anuncio del suicidio Werther se convierte inmediatamente en el más fuerte de los dos: de lo cual se deriva una vez más que sólo la muerte puede interrumpir la Frase, la Escena.

¿Qué es un héroe? Aquel que tiene la última réplica. ¿Se ha visto alguna vez un héroe que no hable antes de morir? Renunciar a la última réplica (rechazar la escena) revela pues una moral antiheroica: es la de Abraham: hasta el final del sacrificio que se le ordena, no habla. O más aún, respuesta más subversiva, por menos cubierta (el silencio es siempre un hermoso paño), se remplaza la última réplica por una pirueta incongruente: es lo que hizo ese maestro zen que, por toda respuesta a la solemne pregunta: “¿Quién es Buda?”, se quitó las sandalias, las puso sobre su cabeza y se fue: disolución impecable de la última réplica, dominio del no-dominio.

NIETZSCHE: “Ya antes había algo análogo, en el discurso alternante entre el héroe y el corifeo: pero aquí, sin embargo, dada la subordinación del uno al otro, la disputa dialéctica resultaba imposible. Mas tan pronto como se encontraron frente a frente dos actores principales, dotados de iguales derechos, surgió, de acuerdo con un instinto profundamente helénico, la rivalidad, y, en verdad la rivalidad expresada con palabras y argumentos: mientras que el diálogo enamorado [entendamos: la escena! permaneció siempre alejado de la tragedia griega” (El nacimiento de la tragedia, 225).

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La espera

Hasta el momento utilicé este blog para publicar solo las cosas que escribo. Como sabrán quienes lo han seguido a lo largo de estos años – con sus lagunas y discontinuidades -, este no es un blog temático, sino apenas un espacio en el cual comparto aquello que me gusta escribir.

Pero en esta oportunidad, quizás como excepción, quiero dar a conocer un texto de Roland Barthes, que pertenece a su libro Fragmentos de un discurso amoroso. Barthes fue un filósofo, escritor, ensayista y semiólogo francés nacido en 1915, y que falleció prematuramente a la edad de 65 años a causa de un accidente automovilístico.

Si bien Barthes fue un escritor prolífico, debo confesar que apenas leí una parte de su vasta obra, mucha de la cual fue publicada con posterioridad a su muerte. Sin embargo, Fragmentos de un discurso amoroso es un libro que leí y releí varias veces; en algunos casos en forma completa, en otros de manera parcial. También es un libro que regalé en numerosas oportunidades. Y que presté repetidas veces, y no siempre me devolvieron. A propósito, hay ladrones de libros que se defienden aduciendo distracciones u olvidos, cuando en verdad esconden los ejemplares hurtados en los anaqueles menos visibles de sus bibliotecas. Es gente que está dispuesta incluso a perder una amistad antes de devolver los libros prestados. Tengan cuidado con esas personas. También han sido ladrones de discos de vinilo, luego de CDs y DVDs, han intentado con el revival de los vinilos volver a las andadas, y si fuera posible tampoco dudarían en robarse el abono de Spotify. Estos hurtos me obligaron a reponer el libro dos o tres veces. Así que, en resumidas cuentas, debo haber comprado Los fragmentos al menos una decena de veces.

Una de las características de este libro es que puede leerse de manera incompleta y desordenada. El orden de los fragmentos es meramente alfabético; es decir, carece de una estructura en la cual hay un principio, un desarrollo y un final.

¿Pero de qué trata el libro? Lo primero que señala Barthes en el prólogo, es que el discurso amoroso “es hoy de una extrema soledad”. Y que si bien es un discurso pronunciado por millones de personas, el lenguaje en el que se encarna está actualmente depreciado, ignorado y a la deriva. Por lo tanto, la razón que impulsó al autor a escribir este libro fue recuperar el discurso amoroso, que no es otra cosa que la voz audible o pensante del sujeto enamorado.

Para rescatar ese discurso, Barthes se nutre de distintas fuentes. Quizás la principal es el Werther de Goethe, personaje literario que refleja como pocos la voz padeciente del enamorado no correspondido. Pero para componer al “sujeto amoroso”, el autor también utiliza lecturas como El Banquete de Platón, el Zen, algo de la obra de Nietzsche y de la teoría psicoanalítica. Y, finalmente, recoge las experiencias provenientes de las conversaciones con sus amigos y de sus propias vivencias personales.

El fragmento que comparto, La espera, es apenas uno de los setenta y nueve que integran el libro, y es uno de los que más me gusta y más he releído.

A todos nos toca, más o menos frecuentemente, esperar a otra persona o desear recibir noticias de ella. Lo que hace Barthes es imaginar las formas, los vaivenes y los padecimientos del enamorado que espera. Como los Fragmentos es una obra publicada en 1977, huelga aclarar que en dicha época no existían internet, ni los emails, ni las redes sociales, ni los teléfonos celulares comunes o inteligentes. Sin embargo, es fácil imaginar como las distintas formas en las que se manifiesta la espera, podrían incluso agravarse con la incorporación de dichas innovaciones tecnológicas, toda vez que a mayor cantidad de vías de comunicación posibles, más acuciante, angustioso y desesperado puede volverse el acto de esperar.

Por último, quiénes estén interesados en la lectura de una parte o del resto del libro, pueden comprarlo en las librerías (desconozco si está disponible o agotado), o bajarlo desde aquí.

http://mastor.cl/blog/wp-content/uploads/2015/08/BARTHES-R.-Fragmentos-de-un-discurso-amoroso.-396.pdf

La espera – Fragmentos de un discurso amoroso

por Roland Barthes

ESPERA. Tumulto de angustia suscitado por la espera del ser amado, sometida a la posibilidad de pequeños retrasos (citas, llamadas telefónicas, cartas, atenciones recíprocas).

Espero una llegada, una reciprocidad, un signo prometido. Puede ser fútil o enormemente patético: en Erwartung (Espera), una mujer espera a su amante, por la noche, en el bosque; yo no espero más que una llamada telefónica, pero es la misma angustia. Todo es solemne: no tengo sentido de las proporciones.

Hay una escenografía de la espera: la organizo, la manipulo, destaco un trozo de tiempo en que voy a imitar la pérdida del objeto amado y provocar todos los efectos de un pequeño duelo, lo cual se representa, por lo tanto, como una pieza de teatro.

El decorado representa el interior de un café; tenemos cita y espero. En el Prólogo, único actor de la pieza (como debe ser), compruebo, registro el retraso del otro; esa demora no es todavía más que una entidad matemática, computable (miro mi reloj muchas veces); el Prólogo concluye con una acción súbita: decido “preocuparme”, desencadeno la angustia de la espera. Comienza entonces el primer acto; está ocupado por suposiciones: ¿y si hubiera un malentendido sobre la hora, sobre el lugar? Intento recordar el momento en que se concretó la cita, las precisiones que fueron dadas. ¿Qué hacer (angustia de conducta)? ¿Cambiar de café? ¿Hablar por teléfono? ¿Y si el otro llega durante esas ausencias? Si no me ve lo más probable es que se vaya, etc. El segundo acto es el de la cólera; dirijo violentos reproches al ausente: “Siempre igual, él (ella) habría podido perfectamente…”, “Él (ella) sabe muy bien que…” ¡Ah, si ella (él) pudiera estar allí, para que le pudiera reprochar no estar allí! En el tercer acto, espero (¿obtengo?) la angustia absolutamente pura: la del abandono; acabo de pasar en un instante de la ausencia a la muerte; el otro está como muerto: explosión de duelo: estoy interiormente lívido. Así es la pieza; puede ser acortada por la llegada del otro; si llega en el primero, la acogida es apacible; si llega en el segundo, hay “escena”; si llega en el tercero, es el reconocimiento, la acción de gracias: respiro largamente, como Pelléas saliendo del túnel y reencontrando la vida, el olor de las rosas.

(La angustia de la espera no es continuamente violenta; tiene sus momentos apagados; espero y todo el entorno de mi espera está aquejado de irrealidad: en el café, miro a los demás que entran, charlan, bromean, leen tranquilamente: ellos, no esperan.)

La espera es un encantamiento: recibí la orden de no moverme. La espera de una llamada telefónica se teje así de interdicciones minúsculas, al infinito, hasta lo inconfesable: me privo de salir de la pieza, de ir al lavabo, de hablar por teléfono incluso (para no ocupar el aparato); sufro si me telefonean (por la misma razón); me enloquece pensar que a tal hora cercana será necesario que yo salga, arriesgándome así a perder el llamado bienhechor, el regreso de la Madre. Todas estas diversiones que me solicitan serían momentos perdidos para la espera, impurezas de la angustia. Puesto que la angustia de la espera, en su pureza, quiere que yo me quede sentado en un sillón al alcance del teléfono, sin hacer nada.

El ser que espero no es real. Como el seno de la madre para el niño de pecho, “lo creé y lo recreé sin cesar a partir de mi capacidad de amor, a partir de la necesidad que tengo de él”: el otro viene allí donde yo lo espero, allí donde yo lo he creado ya. Y si no viene lo alucino: la espera es un delirio. Todavía el teléfono: a cada repiqueteo descuelgo rápido, creo que es el ser amado quien me llama (puesto que debe llamarme); un esfuerzo más y “reconozco” su voz, entablo el diálogo, a riesgo de volverme con ira contra el importuno que me despierta de mi delirio. En el café, toda persona que entra, si posee la menor semejanza de silueta, es de este modo, en un primer movimiento, reconocida. Y mucho tiempo después que la relación amorosa se ha apaciguado conservo el hábito de alucinar al ser que he amado: a veces me angustio todavía por un llamado telefónico que tarda y, ante cada importuno, creo reconocer la voz que amaba: soy un mutilado al que continúa doliéndole la pierna amputada.

“¿Estoy enamorado? -Sí, porque espero.” El otro, él, no espera A veces, quiero jugar al que no espera; intento ocuparme de otras cosas, de llegar con retraso; pero siempre pierdo a este juego: cualquier cosa que haga, me encuentro ocioso, exacto, es decir, adelantado. La identidad fatal del enamorado no es otra más que ésta: yo soy el que espera.

(En la transferencia, se espera siempre -en lo del médico, el profesor, el analista. Más aún: si espero frente a la ventanilla de un banco, en la partida de un avión, establezco enseguida un vínculo agresivo con el empleado, con la azafata, cuya indiferencia descubre e irrita mi sujeción; de modo que se puede decir que, en dondequiera que haya espera, hay transferencia: dependo de una presencia que se divide y pone tiempo a su darse; como si se tratase de hacer decaer mi deseo, de agotar mi necesidad. Hacer esperar: prerrogativa constante de todo poder, “pasatiempo milenario de la humanidad”.)

Un mandarín estaba enamorado de una cortesana. “Seré tuya, dijo ella, cuando hayas pasado cien noches esperándome sentado sobre un banco, en mi jardín, bajo mi ventana.” Pero, en la nonagesimonovena noche, el mandarín se levanta, toma su banco bajo el brazo y se va.

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Una experiencia única

Hace varios años conté en este blog cómo mi iPod Nano había sobrevivido a una hora y media de lavado, enjuague y centrifugado en el lavarropas. En síntesis, luego de un tiempo estaba funcionando como si esa zambullida en agua con detergente Ariel y suavizante Vívere jamás hubiera ocurrido. Para los que no han leído la historia, pueden hacerlo aquí. https://pabloperelman.wordpress.com/2015/04/04/correr-escuchando-musica-puede-ser-muy-peligroso-larga-vida-al-ipod-nano-distracciones-y-torpezas-iii/ No obstante, si así lo prefieren, luego de esta introducción pueden optar por saltear la lectura.

Lo cierto es que luego de recuperar un objeto que para mí era valioso y ya había dado por perdido, me desbordaba una mezcla de alegría y agradecimiento hacia Apple y Steve Jobs.

Tanto que pensé escribir una carta a la compañía contando el percance que había sufrido, el final feliz de la historia y mi reconocimiento a la calidad de los productos de la empresa de la manzana mordida. Al rato la idea me pareció una tontería: mi carta en el mejor de los casos no la leería nadie; en el peor, iría a parar sin escala al buzón del spam.

Finalmente igual decidí escribirla, aunque más no sea para compartir cómo había resistido la muerte por ahogo mi pequeño reproductor de música.

Así que entré en la página de Apple y encontré, luego de hurgar bastante, una dirección de correo de atención al cliente. Y, con mi rudimentario inglés, y ayudado por el translator de Google, me las ingenié para relatar la historia con cierto detalle.

Pasaron varios días y yo olvidé ese e-mail. Desde ya que nunca había tenido la más mínima expectativa que me contestaran.

Pero alrededor de las dos semanas llegó una respuesta que decía, traducida al castellano, más o menos lo siguiente:

“Estimado Sr. Perelman: muchas gracias por compartir su experiencia con Apple. Nos han interesado particularmente los hechos que Ud. relata. Si le parece bien nos gustaría comunicarnos en breve para invitarlo a participar de nuestro programa “Experiencias Apple en primera persona”.

Si ya estaba sorprendido por la llegada de una repuesta, se imaginan el impacto que me provocó la invitación a ese programa. No tenía la más mínima idea de lo que me estaban hablando, pero por supuesto les dije que contaran conmigo.

Unos días después llegó un nuevo correo. Esta vez la información era clara y precisa. Apple estaba seleccionando en todo el mundo a diez clientes que hubieran tenido “experiencias únicas” con los diversos productos fabricados por la marca. En Latinoamérica no tenían a nadie seleccionado, y me proponian que esa persona fuera yo. Para eso necesitaban, siempre y cuando yo estuviera interesado, conocer mis datos personales, saber quién era yo, a qué me dedicaba, cuáles eran mis hobbies, etc. Para lo cual debía llenar un formulario adjunto. En poco tiempo volvería a tener novedades de ellos.

Así lo hice. Por supuesto ahora la intriga y la ansiedad iban creciendo, pero apenas tres días después la propuesta llegó. Me planteaban incorporarme al programa “Experiencias Apple en primera persona”. Lo único que tenía que hacer era firmar un contrato de confidencialidad con la empresa, en el que me comprometía a mantener en absoluto silencio mi participación. A cambio, Apple me proveería, como al resto de los participantes del programa, de todos los nuevos productos que la empresa lanzara al mercado. Llegado el momento, ellos utilizarían nuestras “experiencias únicas” en una campaña publicitaria a nivel global.

Por esa época, Apple estaba lanzando el primer iPhone, y yo fui uno de los primeros argentinos que tuvo uno de ellos en mis manos. Recuerdo que lo blandía orgulloso, aunque también con cierto pudor. Yo no era demasiado afecto a la tecnología, razón por la cual mis parientes y amigos estaban sorprendidos que me hubiera embarcado en un gasto que, tiempo atrás, hubiera considerado innecesario y ostentoso.

Y así como llegó el iPhone, comenzaron a llegarme las cada vez más extrachatas y refinadas notebooks, las Mac de escritorio, el Apple TV, el iPod touch, las distintas versiones del iPad, sofisticados auriculares, el iWatch; en fin, la lista completa se hace difícil de abarcar. Pero lo más tremendo y, en cierta manera, embarazoso, era disponer casi inmediatamente de las nuevas versiones de los iPhones, y así de las distintas actualizaciones de los productos Apple.

Para algunos, yo solamente era un fanático al cual debía respetársele su hobbie. Mientras que, para otros, me había convertido en un sujeto frívolo que derrochaba en nimiedades su dinero.

Yo que cada vez detestaba más la situación en la que me había metido, tenía que soportar que la gente permanentemente me pidiera consejos sobre si valía la pena pasar al último modelo de iPhone, cómo era preferible configurar el teléfono, a cuál servicio técnico recurrir, y otras indagaciones que yo intentaba sortear de la mejor manera que podía.

Pero los mayores problemas los tenía en mi casa. Mi mujer había comenzado cuestionando de manera timorata mi devoción por el mundo Apple. Luego comenzó a hacer comentarios incisivos sobre la cantidad de dinero que podríamos utilizar con mejor destino: viajes postergados, compra de muebles, pintar la casa. Finalmente, como yo no detenía mi comportamiento consumista, me dijo que tenía que consultar si o si a un psiquiatra, que así no podíamos continuar, y que ella, antes de que nuestra casa se trasnformara en un “Museo Apple”, prefería que cada uno siguiera por su lado.

Estaba atrapado entre la espada y la pared. O sacrificaba mi matrimonio, o me arriesgaba a las acciones legales que emprendería la empresa por violar el tratado de confidencialidad.

En ese devaneo estaba, cuando me llegó un mail de Apple en el que me informaban que habían decidido discontinuar el programa, que no realizarían la campaña global de experiencias únicas, que me agradecían por haber colaborado con ellos durante esos años y que, por supuesto, quedaba liberado del acuerdo de confidencialidad.

Lo primero que hice luego de hablar con mi mujer y de suspender la entrevista con el psiquiatra, fue comprarme un celular con sistema operativo Android y regalar casi todos los dispositivos Apple que había acumulado en esos años. Mi vida comenzaba, finalmente, a volver a la normalidad.

El mundo está lleno de tentaciones. Algunas parecen imposibles de rechazar. Y, a menudo, nos deslumbramos por cosas superfluas, y nos olvidamos de aquello que es esencial. Así que me tomo el atrevimiento de darles un humilde consejo. Hablen más cara a cara con sus seres queridos, y no cambien tan seguido de teléfono.

Nota final: la historia del iPod Nano que fue a parar al lavarropas es absolutamente real.

El mail enviado a Apple, el programa de “Experiencias Apple en primera persona” y todos los trastornos ocasionados por el mismo, son tan solo producto de la imaginación del autor de este blog.

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